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  • Carla Rodríguez Para

Spes, spei

¡Ya llegó, ya está aquí!

Creo que todas las personas que han leído La belleza del caos me han pedido, de una forma u otra, que escribiera esto y en realidad no se me ocurre una forma mejor para empezar esta nueva etapa que publicar este pequeño relato. Así que, si no has leído el libro, ¡no sigas leyendo esta entrada! Porque los spoilers que te puedes hacer son bastante grandes.

Si lo has leído, espero que disfrutes mucho con esto. ¡No te olvides de comentar!




Se deja caer en el sillón con el cansancio y la familiaridad de quien lleva meses yendo y viniendo del hospital. De sus labios agrietados se escapa un suspiro que habla de noches en vela, de paciencia llegando a un límite, de lágrimas por derramar. Como de costumbre, ha hablado con los médicos antes de entrar en la habitación de paredes blancas y frías, y sus palabras han sido las mismas de todos los días:

«Está estable»

«Tenga paciencia»

«Ya despertará»

Han pasado dos meses desde el primer «ya despertará», pero ese momento no parece llegar nunca. Se retira el pelo rubio de la cara e intenta sonreír, fingir durante unos instantes que su hija está despierta en realidad. Tan solo se encuentra en su mundo, como siempre, sin prestar atención a lo que le rodea, a cómo su madre se desespera por conseguir un gesto o un par de palabras de su parte. Esta no es la aséptica habitación de un hospital, ese molesto pitido no marca los latidos de un corazón, aquellas voces provenientes del pasillo no son las de los médicos.

Negar la realidad ni cambia ni mejora las cosas, pero a veces ayuda, aunque sea un poco.

—Mi vida, te he traído una sorpresa —dice.

Saca de la bolsa de tela de color beige un grueso libro de tapas negras y ornamentación plateada, con un cuervo de mirada severa dibujado en la portada, y se levanta para enseñárselo, como si quisiera que ella lo viese mejor. Su sonrisa se tambalea en su rostro, insegura, al borde de romperse en mil pedazos.

—Es tu favorito, ¿verdad? Tu amigo, el señor Poe —continúa. Traga saliva, intentando contener el llanto—. Sé que la abuela te lo leía cuando eras pequeña y he pensado que… —Las lágrimas comienzan a caer por su rostro pálido y demacrado, silenciosas, interrumpiendo un discurso que pretendía ser animado—. Que quizá…

Los cimientos que la sostienen se derrumban de pronto. Ella cae arrodillada ante la cama, reducida a un montón de escombros, y esconde el rostro entre las mantas recién cambiadas del hospital. Las telas ásperas apagan el sonido de sus sollozos, convirtiéndolos en un murmullo, en un ruido de fondo.

—Despierta, por favor —susurra, los pedazos rotos de su corazón clavándosele en la garganta—. Mi niña, despierta, por favor, despierta.

Mira con ojos empañados la serena expresión de su hija, tan calmada y delicada, tan inerte y apagada. El pelo le ha crecido desde que entró en el hospital llena de golpes y heridas; los rizos negros enmarcan su rostro como si fuera una muñeca de porcelana.

Pero las muñecas están frías al tacto y, cuando la mujer rubia toma su mano entre las suyas, esta está templada. La aprieta con fuerza, deseando que las palabras que se forman en su mente le lleguen de alguna forma: «Estás a salvo. Mi niña, estás a salvo y ya no pueden hacerte daño. No volverán a hacerte daño nunca más. Estoy contigo, siempre voy a estar contigo. Estás a salvo, ya puedes despertar, no hay peligro».

La niña inmóvil responde a su apretón con uno más suave y débil, y el mundo se detiene.

La mujer deja de llorar, de respirar incluso. Vuelve a apretar su mano para comprobar que no son imaginaciones suyas y no lo son. Ella le devuelve el apretón, esta vez con más fuerza.

Rose se seca las lágrimas con la otra mano, boquiabierta, sin dejar de mirarla. Los párpados de Margot comienzan a temblar delicadamente hasta que por fin puede abrirlos. Sus ojos grises, desorientados, buscan a su madre, que suelta un sollozo de puro alivio y sonríe, sintiendo que el rostro se le agrieta al hacerlo. Sabe que debe avisar a los médicos, pero ¿cómo va a moverse de allí? ¿Cómo va a articular palabra siquiera? ¿Y si hace algo y aquel milagro se desvanece en el aire? No puede permitirse eso. Margot entreabre los labios, los cierra, los vuelve a abrir.

—Mamá. —Deja escapar en un suspiro, como si estuviera liberando esos cuatro fonemas que ha retenido durante tanto tiempo. Las lágrimas de Rose se descontrolan por completo y una cálida llama de esperanza se prende en su pecho y se expande por todo su cuerpo—. Mamá, ¿dónde está Parches?

Rose se echa a reír, sin dejar de llorar en ningún momento, y haciendo acopio de fuerzas, sale de la habitación en busca de un médico.

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