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  • Carla Rodríguez Para

Rouge Velvet 11 - Berry Formidable

¡Hola, amiwis!

Antes de dejaros con el relato, quería comentaros un par de cosas. La primera es que he borrado Patreon; llevaba como dos meses sin subir nada y estaba siendo una presión más que otra cosa.

Dibujo de @h0ney3ees

La segunda es que el relato que vais a leer a continuación está dedicado a Olga, una de mis mejores amigas. Hace un par de meses subió un dibujo de una señora vampira a la que tenían que ayudar a maquillarse porque no se podía mirar en el espejo y yo le dije que escribiría algo sobre el tema. ¡Y aquí está!


¡Espero que os guste!



Las llaves tintinean en medio del silencio del pasillo. Ada suelta un largo suspiro y abre la puerta de su pequeño apartamento, el cansancio reflejado en su rostro. Enciende la luz y cuelga del perchero su bolso y su abrigo. Deja las llaves encima del mueble de la entrada y ojea el correo que no le ha dado tiempo a revisar esta mañana mientras se dirige a la cocina. Es tarde, cerca de las dos de la mañana, pero no le hace mucha gracia la idea de irse a la cama con el estómago vacío.

Saca del frigorífico un bol con la ensalada de pasta que le sobró de la comida y rebusca un tenedor en el cajón de los cubiertos. Coge uno de los catálogos de muebles que había en el correo y se lleva todo al salón. Su cuerpo se deja caer en el sofá y, a riesgo de quedarse dormida, cierra los ojos y se permite relajarse contra la superficie suave y mullida.

—Llegas tarde —dice una voz.

Sobresaltada, abre los ojos y se pone en pie, sujetando el tenedor como si fuera un arma. De detrás de una cortina sale una mujer de unos treinta años, de piel pálida y pelo negro como la tinta. Ada suelta un suspiro de alivio y vuelve a sentarse en el sofá.

—Me has asustado, Regina.

Pincha el tenedor en la ensalada y empieza la cena, intentando ignorar la presencia casi intrusiva de la que es, en el fondo, una de sus mejores clientas. El sillón, a pesar de estar algo deshilachado y descolorido, parece un trono cuando Regina se sienta en él. Ada la mira de reojo y siente cómo sus mejillas se ruborizan.

Hoy lleva un corsé de terciopelo con broches que seguramente sean de plata, pantalones de cuero y botas altas; todo negro. Cruza una pierna sobre la otra, apoya el codo izquierdo en uno de los brazos del sillón y la barbilla sobre la mano. Mira a Ada de forma inquisitiva, con una ceja enarcada, y ella se estremece. «Concéntrate en comer», se recuerda a sí misma, aunque apenas puede sentir nada más allá de la forma en que los ojos grises de Regina la observan, la analizan.

—Llegas tarde —repite, esta vez alargando más palabras.

Ada se muerde el labio y deja el tenedor en la mesita de café. Se cruza de brazos, respira hondo y mira a Regina, que no se ha movido ni un ápice desde que se ha sentado. «Probablemente ni siquiera se molesta en fingir que respira», piensa Ada.

—Sí, he llegado tarde —dice. Se encoge de hombros—. El trabajo ha sido hoy una pesadilla y no he podido marcharme hasta ahora. Siento haberte hecho esperar.

Se quedan en silencio unos momentos. Ada sigue sintiendo la mirada de Regina clavada en ella, pero no se atreve a enfrentarse a ella, así que fija sus ojos en el bol prácticamente vacío. Regina se pone en pie y, cuando Ada consigue atreverse a mirarla, hay una sonrisa en sus labios, que dejan entrever dos caninos más alargados de lo que uno podría considerar normal.

Llegados a este punto, Ada ya no sabe qué considerar normal.

—Disculpas aceptadas —dice Regina, y su voz suena alegre y dulce, no ominosa y oscura como hace unos instantes—. ¿Empezamos?

Ada respira hondo y asiente con la cabeza. Se pone en pie y se dirige hacia su habitación. No oye los pasos de Regina tras ella, pero sabe que la sigue; un sempiterno escalofrío le recorre la espalda y la piel de los brazos se le pone de gallina. Enciende la luz del tocador, donde tiene su vasta colección de maquillaje y comienza a rebuscar lo necesario para esta noche. Regina se sienta en la butaca y espera pacientemente a que esté todo listo.

—¿Qué tal ha ido tu día? —le pregunta, y en los labios de Ada se dibuja una pequeña sonrisa.

—Bueno, mejor de lo que cabría esperar, la verdad —contesta—. Ha habido demasiada gente en el restaurante, pero creo que hemos conseguido convencer a Emma para que nos suba el sueldo.

Coge la prebase de ojos y empieza a aplicársela en los párpados; en cuanto roza la piel fría de Regina, una especie de calambre que nace de la punta de sus dedos le recorre el cuerpo. Ada se muerde el labio, intentando no distraerse. La sonrisa de Regina se hace más amplia.

—¡Eso es fantástico! Os lo merecéis, os hace trabajar demasiado duro.

—Gracias —dice—. ¿Tú qué tal? ¿Dormiste bien?

—Sí, supongo —contesta Regina, encogiéndose ligeramente de hombros—. Al ver que no venías pensaba irme a cazar directamente, pero ya sabes que no me gusta salir sin maquillarme.

—Lo sé, perdona —murmura. Comienza a aplicarle distintas sombras en los ojos, alternando una brocha y otra, para conseguir un efecto ahumado—. ¿Solías maquillarte mucho antes? Ya sabes, cuando…

—¿Cuando todavía era una humana? —pregunta. Ada se ruboriza y asiente con la cabeza, temiendo que a Regina le moleste que saque este tema, pero ella la mira con una sonrisa divertida—. Sí, la verdad. Si no me hubieran mordido, no creo que hubiera tardado mucho en morirme envenenada por el plomo.

—Qué horror.

—Sí… —suspira—. Menos mal que las cosas han evolucionado desde entonces.

—¿Lo echas de menos?

—¿El poder morirme envenenada?

El rubor en las mejillas de Ada se hace más intenso y Regina suelta una carcajada.

—No deberías meterte con la persona que te está maquillando cuando no eres capaz de saber si ha quedado bien o mal, Regina… —la amenaza.

Y con eso solo consigue que se ría más. Ada pone los ojos en blanco y coge la máscara de pestañas. Al final, Regina deja de reír y suelta un pequeño suspiro.

—Sí, echo de menos poder maquillarme por mí misma —dice. Sus labios se curvan en una sonrisa torcida que hace que a Ada le tiemblen las piernas—. Aunque he de decir que tener mi maquilladora particular tiene sus ventajas.

Regina abre los ojos, dos orbes grises rodeados del humo y la oscuridad que Ada ha puesto ahí, y Ada traga saliva. Siempre se olvida de lo cerca que acaban la una de la otra mientras la maquilla. Uno de los colmillos de Regina se asoma entre sus labios y Ada siente el repentino deseo de lamerlo, de morder en el mismo lugar de su labio en el que se está hincando.

Deja la máscara de pestañas en el tocador y coge a ciegas el pintalabios preferido de Regina. Con la mano izquierda sujeta su barbilla; su piel, tan fría, parece arder al tacto. Regina no se mueve, no finge respirar, no parpadea. Tan solo la mira, de esa forma tan intensa que hace que Ada tenga la sensación de que está viendo el fondo de su alma. La mirada de Ada baja a sus labios, carnosos, ligeramente sonrosados. Recorre el labio inferior con su pulgar, despacio, memorizando su textura suave; de entre ellos se escapa un suspiro que provoca a Ada un escalofrío.

—¿Regina? —susurra.

El aire cálido de su aliento acaricia el rostro de la vampiresa, que por un momento cierra los ojos.

—¿Hmm?

—¿Existe algún tipo de poder vampírico que haga que atraigas a la gente? —pregunta en voz baja.

Regina suelta una risita y niega con la cabeza.

—¿Por qué? —Su voz es cálida y sensual, y Ada cree que perderá la razón si no la besa en ese mismo momento—. ¿Acaso te estoy atrayendo ahora?

—¿Ahora? —repite. Se acerca más a ella y deja caer el pintalabios en la mesa. Su mano derecha se enreda en los rizos suaves de Regina—. No, no es solo ahora.

Sus labios encuentran los de Regina antes de que pueda decir nada más. Ella hace un pequeño ruidito de sorpresa, pero enseguida responde al beso; posa sus manos en las caderas de Ada y la atrae aún más hacia sí. La piel de Regina, normalmente fría como el hielo, parece calentarse allí donde la roza el cuerpo de Ada, que se siente en llamas. Se besan primero con calma, saboreando cada roce de sus labios, memorizando un momento con el que ambas llevan soñando desde que se conocieron varios meses atrás.

Pero el beso enseguida cobra urgencia. Ada muerde el labio de Regina, haciéndola soltar un gemido. Sus lenguas se encuentran, se rozan. Las manos de Regina se aferran con fuerza al cuerpo de Ada, que jadea en su boca y arquea la espalda y se pregunta por qué no habrá encontrado antes el valor de hacer esto. Ada tira con algo de fuerza del pelo de Regina y ella vuelve a gemir en respuesta. Las piernas de Ada tiemblan y entonces se da cuenta de que lleva un buen rato y que quizá —quizá— necesite algo de oxígeno si quiere continuar con esto.

Se separan un momento. Ada apoya su frente contra la de Regina y ambas cierran los ojos. Los únicos sonidos que se escuchan en la habitación son la respiración agitada de Ada y sus latidos acelerados. Regina traga saliva; sus manos acarician la espalda de Ada con delicadeza, casi con miedo.

—Ada… —susurra Regina; su voz suena ronca, como un gruñido.

Ella se aparta un poco y la mira. Sus ojos brillan con hambre, peligrosos, y sus mejillas están ligeramente ruborizadas. Ada las acaricia con la punta de sus dedos, maravillada; no sabía que Regina pudiera sonrojarse.

—Ada —repite, esta vez con la voz más controlada—. Necesito ir a cazar.

Ada parpadea, confusa. Y entonces entiende qué es lo que le está diciendo y se aparta de Regina.

—Oh, lo siento.

—No te preocupes —dice ella con una pequeña sonrisa—. Es solo que en este tipo de situaciones… Bueno, ya sabes. Es algo más complicado controlarse.

—Comprendo —dice, sintiendo cómo le arden las mejillas. Da otro paso atrás y Regina se pone en pie—. ¿Volverás después?

Regina la mira con una ceja alzada. Coge el pintalabios y lo aplica de forma casi mecánica, sin salirse. Ada traga saliva y una parte de ella se pregunta si realmente le hace falta su ayuda para maquillarse o si solo es una excusa.

—¿No deberías dormir? —pregunta. Parece algo preocupada—. Hoy has trabajado más de lo normal, debes estar cansada.

—Sí, pero mañana no trabajo —contesta, encogiéndose de hombros.

Regina sonríe de forma depredadora y Ada piensa, por enésima vez desde que la conoce, que no le importaría en absoluto que la mordiera. No le importaría siquiera acabar muriendo de esa forma, no si es bajo esa boca. Se relame los labios y un escalofrío de anticipación le corre todo el cuerpo cuando Regina se acerca a ella.

Los de Regina rozan suavemente su mejilla, en un beso casi tímido que podría parecer nada en comparación con lo que acaban de compartir, pero que está lleno de dulzura. Ada cierra los ojos y deja escapar un suspiro. Oye cómo Regina suelta una pequeña risa.

—Hasta luego, entonces —dice.

Cuando vuelve a abrirlos, Regina ya se ha marchado.

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