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  • Carla Rodríguez Para

Igual a los dioses

¡Nuevo relato, amiwis! Esta vez, algo bastante breve pero que me hizo mucha ilusión escribir: una recreación de mi poema favorito de Safo <3 Quería participar con él en una antología, pero me salió más corto de lo que esperaba y cuando intenté alargarlo no quedaba bien, así que se quedó así. Tuvo además la diversión añadida de traducir a Safo para no tener que buscar una traducción y que poner citas bibliográficas.

En fin, no quiero enrollarme más. Espero que disfrutéis leyéndolo tanto como yo escribiéndolo. ¡Y no os olvidéis de dejar un comentario!




«Me parece que es igual a los dioses

aquel hombre que se sienta frente a ti

y de cerca, mientras le hablas con dulzura,

te escucha»

Safo, fr. 31 P


Sus manos, de dedos finos y largos, manchadas de tinta y palabras, sujetan un par de rollos de papiro. Sus pasos se dirigen a la biblioteca; se desliza por los jardines con la naturalidad del agua fluyendo entre las rocas. La luz de Helios se cuela entre los árboles frutales y roza su piel aceitunada a intervalos. Es una cálida mañana de primavera y la dulce brisa del Egeo agita levemente su peplo de color azul claro.

Saluda a las muchachas que descansan tras las clases a la sombra de los perales y los manzanos: conversa brevemente con unas, hace reír a otras; para todas tiene una sonrisa cargada de afecto. A unos pocos pasos del pórtico que da a la biblioteca, sus pies se detienen casi por instinto ante dos jóvenes sentados en un banco, cogidos de la mano. Cuando es capaz de comprender lo que están viendo sus ojos, la sonrisa en su rostro se transforma en una mueca y su corazón se cubre de escarcha, parándose durante un instante.

El joven, de cuerpo atlético y piel bronceada, vestido con un quitón corto de color blanco, retira los cabellos oscuros del rostro de la muchacha. Ella viste un peplo casi tan níveo como su piel y las fíbulas doradas que lo sostienen reflejan los rayos de sol. Sus mejillas se sonrojan con su gesto; le sonríe con dulzura y posa su mano sobre la de él.

Dice algo que Safo ya no escucha, porque tan pronto como su corazón vuelve a latir, la escarcha que lo cubría se convierte en fuego. Se expande por sus venas, la consume, y entonces ya no puede oír, ni hablar, ni sentir la brisa del Egeo, ni la luz de Helios. El mundo parece oscurecerse a su alrededor y lo único que resuena en sus oídos son los latidos desenfrenados de su corazón, que lucha por salirse de su pecho, por no ser testigo de este momento.

La mirada de Atis se aleja un momento del que en unos días se convertirá en su esposo y se posa en los ojos oscuros de Safo. Un temblor que surge de lo más hondo de su pecho sacude su cuerpo y eso es todo lo que puede ver en ese momento: sus ojos verdes, regalo de la mismísima Ártemis, que parecen hechos de las profundidades de un bosque salvaje. Sus ojos verdes, que un día brillaban por ella con la luz de mil soles y ahora lo hacen por ese muchacho que se sienta a su lado. Sus ojos verdes, que en un parpadeo dejan de mirarla y la dejan totalmente a oscuras, sola, desamparada.

Intenta respirar. Se muerde el labio. Traga saliva. Su cuerpo está tenso como las cuerdas de una lira y los dedos se le crispan, estrujando los papiros que tiene entre sus manos sin apenas darse cuenta. Sabe que esta no es la reacción que debería estar teniendo, que debería alegrarse por Atis. Es consciente de que esta no es la norma y de que la mayoría de sus alumnas no tienen la misma suerte que ella y pueden casarse con un joven de una edad parecida a la suya. ¡Por todos los dioses, si ni siquiera la propia Safo pudo evitar ese destino! Lo apropiado sería acercarse a ellos en calidad de antigua mentora y saludarles como es debido. Felicitarles. Darles su bendición y desearles lo mejor.

Pero no puede. No puede y no es capaz de fingir siquiera el más mínimo ápice de felicidad por su antigua alumna. Cuando sus pies vuelven a responderle, siguen el rumbo hacia la biblioteca y la alejan de la feliz pareja, que ignora por completo su presencia. Con cada paso que da, su corazón pesa más y más en su pecho hasta volverse de plomo, y el fuego que le abrasaba por dentro se extingue en un suspiro, dejándola a merced de un frío propio del más cruel de los inviernos.

Apenas siente las lágrimas humedecer sus mejillas y cuando cierra la puerta de madera tras de sí, se deja caer en el suelo de la biblioteca, sin fuerzas. Aovillada en sí misma, se cubre el rostro con las manos y deja escapar sollozo tras sollozo, incapaz de controlarse por más tiempo. Se lamenta en un susurro:

—Divina Afrodita, qué me has hecho.

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